El fútbol venezolano, como deporte, nos hace felices. Indudablemente presenciar un partido en vivo o ver los avances de la Vinotinto por televisión nos llena a todos de ilusión. Haciendo la comparación del momento actual de nuestro fútbol con el que se vivía hace 10 ó 15 años, no nos queda más que ilusionarnos con nuestro relativo crecimiento dentro del continente, con actuaciones importantes a nivel de clubes en Copa Libertadores de América y alcanzando instancias mundialistas en categorías menores.
Sin embargo, institucionalmente, estamos sumidos en una espiral negativa que parece no terminar. En los últimos años hemos tenido que escuchar todo tipo de casos: equipos de Primera División que no pueden costear el sueldo de sus jugadores (un saludo a la directiva del Zamora FC), gobernantes irresponsables que inyectan cantidades ridículas de dinero a un equipo para luego dejarlo desaparecer en el olvido por mala planificación, operaciones de compra/venta de cupos en nuestra división de honor. Los poderes no cambian, el actual presidente de la FVF tiene 23 años amarrado a su posición.
Podría seguir dando ejemplos, pero por aprecio a ustedes debo detenerme. Nadie quiere ser el responsable de la depresión de sus lectores.
Existe una nutrida cantidad de gente que desea que se sacudan los estamentos futbolísticos en Venezuela, y que las cosas cambien para mejor. Usualmente gustan de comparar: “¿Por qué no podemos ser futboleros como los argentinos?” “¿Por qué nuestro fútbol no puede ser como el español?” Y claro, es lógico, todos queremos emular el éxito de los demás.
Me permito estar en desacuerdo, hasta cierto punto, con esas personas. Simplemente basta echar un vistazo al panorama internacional para darnos cuenta de que no somos los únicos con problemas institucionales graves:
Venezuela es parte de la CONMEBOL, institución muy bien conocida, y no exactamente por su seriedad. Empezando por el idilio con México y su fútbol, que permite que equipos de aquella nación jueguen torneos en dos confederaciones distintas por cuestiones monetarias, ídem con Japón (me gustaría saber qué pasaría si Japón ganase la Copa América). Señores, aconsejo unificar criterios: ¿México pertenece a la CONCACAF o la CONMEBOL?
Ahora, esto no queda aquí. No es una cuestión continental, ni una cuestión de “latinos”, como unos se empeñan en hacernos creer. Los dirigentes de la Confederación Africana de Fútbol, en un ejercicio de incoherencia total, decidieron suspender a la selección de Togo por las próximas dos Copas Africanas de Naciones, luego de retirarse de la más reciente dados los lamentables sucesos que su selección sufrió al ser víctima de un ataque con armas de fuego. Hay veces que la aplicación de las leyes es incomprensible.
Si subimos un poco más en la escala jerárquica, nos encontraremos con el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, haciendo gala de su ignorancia, metiendo las narices donde no lo pidieron. Resulta ser que John Terry está sumido en un dramático escándalo amoroso que incluye a la ex esposa de Wayne Bridge, antiguo compañero de equipo y selección. Cosas privadas, por demás, pero para Blatter no lo es. Declaró que “en países latinos le hubieran aplaudido”. Sobre esto, ni siquiera sé qué decir. Mejor trabaje y no hable, “presi”, que no es lo suyo.
En fin, mis queridos amigos, sí, hay que sacudir los estamentos del fútbol. Y hay que hacerlo no solo a nivel regional, hay que empezar por la raíz, porque Venezuela no es el único país que sufre por esta causa. El fútbol está lleno de vividores, payasos y personas con intereses ajenos a lo mejor para el deporte. Cada uno de nosotros tiene que denunciar las irregularidades que perciba, si no, seremos parte del problema. En lo personal, encuentro refugio en una frase que las hinchadas argentinas utilizan para expresar su descontento con las malas situaciones: “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!”


