El semblante de Carlitos

Un honor poder compartir mis humildes pareceres a través de este prestigioso medio, agradado de la invitación hecha por un gran amigo, Erasmo Hernández. Para mi, también el fútbol lo es todo.

Hay un tema que pasó por debajo de la mesa los últimos días: la salida de Carlos Maldonado de Táchira. Quizá el Mundial, la ilusión generada por la estela de Jorge Luís Pinto, los rutilantes fichajes de la bien abultada billetera de Edmundo Kabchi o simplemente porque la memoria es corta, no nos dimos cuenta que detrás de este nuevo monstruo construido en San Cristóbal, está la salida de un ídolo que se entregó en cuerpo y alma por el equipo de sus amores.

La salida de Maldonado estaba cantada, incluso mucho antes del 1-4 de la final ante Caracas. Y por muchas circunstancias. Rumores corrieron acerca de los motivos: supuestas amenazas de irregulares en contra de su familia (es bien conocida la situación de seguridad personal que se vive en el estado Táchira), descontento con la directiva, sin canchas donde entrenar, presión mediática sofocante… Lo que era seguro es que ya Carlitos no se sentaría más en el banquillo local del Templo.

El sábado tuve el placer de encontrarme con él en el Hotel Ávila, en ocasión de la visita de Mineros a Caracas. La última vez que nos vimos fue precisamente dos días antes de aquel fatídico domingo de final del campeonato pasado. Aquella tarde, llegó a Pueblo Nuevo (lugar de encuentro) con una cara marcada por el cansancio y los efectos causados por el astro rey. Se notaba agotado, fatigado, con su sonrisa de siempre, eso sí. Ahora, tres meses después, dirigiendo a Mineros, se le ve distinto, relajado, ¡hasta con unos kilitos de más!.

Maldonado necesitaba un segundo aire. Dirigir al gigante andino es uno de los trabajos más estresantes que puedan existir en Venezuela. Él pudo con la presión, le dio un título al equipo luego de 8 años. Se las llevó bien con todos (prensa, directiva e hinchada). Pero sentía que el ciclo se había cerrado. Buscar canchas para entrenar y rogar a la directiva por refuerzos extranjeros a tiempo y de calidad eran temas frustrantes. Él quería irse a Tenerife, donde está su hija Carla, a devolverle por lo menos en seis meses todo el tiempo que ella invirtió en acompañar a su papá (Carlita ha estudiado en 6 colegios). Había arreglado los contactos necesarios para estudiar los entrenamientos del CD Tenerife. Quería respirar.

Las vueltas del destino indicaron después de sus compromisos como comentarista del Mundial lo llevaran a Puerto Ordaz. Rechazó dos años en Táchira por la tranquilidad de dirigir a un equipo donde la presión no es asfixiante. Acompañado de su esposa, llegó a la tierra del hierro dispuesto a rearmar un equipo desmembrado, que ha sido noticia por los fracasos de sus directores técnicos. Ante esa amenaza, la “promesa” del voto de confianza por parte de la directiva y el apoyo de una afición agradecida del hombre que los llevó a su última Libertadores, son los puntos de equilibrio para sentirse a gusto en Guayana.

Pero Maldonado arregló por seis meses. Sigue firme en la idea de reunirse de nuevo en familia. Sigue habiendo algo en el espíritu de Maldonado que lo lleva a retribuirle a los suyos todo lo que han hecho por él. Carlitos es profesional, pero antes que eso, es familiar.

Por: Carlos Domingues

Twitter: @CDominguesP



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